La conquista
de Afganistán por Alejandro tuvo como consecuencia
una unión fortuita de las tradiciones medicinales griegas
e indias. Sus extensas rutas comerciales permitían a los
romanos importar especias de la India y gomorresinas de Arabia,
país éste donde se estaban desarrollando nuevos
e importantes procesos aromáticos y, consecuentemente,
productos.
Los romanos utilizaron gran parte del conocimiento médico
de los griegos, pero fueron los propios romanos hedonistas quienes
perfeccionaron la capacidad de deleitar de la ciencia aromática.
En el palacio de Nerón había tuberías especiales
de plata que esparcían perfumes sobre los invitados amantes
del placer. En el año 3 de la era cristiana, Roma se había
convertido en la capital mundial del baño, con un millar
de balnearios perfumados esparcidos por toda la ciudad. Cada
baño tenía su propio "unctuarium", donde
los bañistas eran untados con aceite y masajeados. El
perfume de rosas tenía un especial atractivo para los
romanos. Durante una de las demenciales celebraciones de Nerón,
rosas por valor de 4 millones de
sextercios, (alrededor de 14 millones de pesetas de 1986), cubrieron
la ciudad con su fragancia.
Fueron los árabes quienes finalmente perfeccionaron la
destilación, creando la más potente de las esencias.
Durante la Edad Oscura europea, el mundo árabe, afamado
por sus exóticos perfumes, continuó perfeccionando
sus seductores aromas y sus mágicas pociones. El incienso,
la mirra y otras especias se importaban de La Meca para los químicos árabes.
Cierto Yakub al-Kindi de Bagdad, que vivió hacia el año
850, describió la destilación de almizcle y bálsamos
en su libro de perfumes y destilaciones.
Avicena, el príncipe de los farmacéuticos, e inventor
del serpentín refrigerado, fue el primero en destilar
la esencia de rosas, un proceso caro, ya que se necesitan mil
Kg de pétalos de rosa para preparar medio kg de esencia,
(un litro de aceite de rosas vale ahora cerca de 4 millones de
pesetas). Avicena pensaba que la esencia de rosas, cura segura
para los problemas digestivos, bien valía su coste.
Las rutas comerciales árabes hicieron de los aceites
esenciales un ingrediente clave para el comercio internacional
: importaban el bálsamo de Egipto, el azafrán y
el sándalo de la India, el alcanfor de la China, traían
el almizcle por el Himalaya desde el Tibet…
Los árabes empleaban las nuevas fragancias de un modo único:
• Añadían almizcle al mortero para construir
las mezquitas, de modo que los edificios sagrados despidieran
un olor acre al mediodía.
•
Usaban la esencia de rosas para perfumar los guantes de piel
que vendían a las clases altas europeas.
Un hecho histórico, de importancia para Occidente, fue
en el siglo XII, época en la que se realizaron “las
cruzadas”, con el establecimiento de lazos, vínculos
y el consiguiente crecimiento de las redes comerciales con Oriente
Medio. Estos hechos ampliaron y combinaron los conocimientos
y las técnicas de herbolarios y perfumistas.
Los cruzados aprendieron de los árabes avanzados métodos
para la destilación de esencias y llevaron a sus países
estas técnicas. En la Edad Media las cofradías
de boticarios se habían establecido en el norte de Europa
y, las especias y aceites esenciales importados de Oriente mejoraron
la calidad de vida, al mismo tiempo que elevaron la tasa de supervivencia.
Durante la Peste Negra se quemaba incienso resinoso de pino,
ciprés y cedro en las calles, en las habitaciones de enfermos
y en los hospitales. Los perfumistas que proveían el incienso
aparentemente fueron inmunes a la virulenta enfermedad, que aniquilo
a un gran porcentaje de la población. Hoy día tenemos
pruebas científicas de la acción antibacteriana
de estos aceites antisépticos naturales.
Durante el siglo XV, los aceites esenciales continuaron influyendo
en la salud y felicidad de Europa. Algunos perfumistas no sólo
creaban seductores aromas sino también mortíferos
venenos. Catalina de Medicis, al casarse con el rey de Francia,
llevó con ella a su perfumista para, en caso de necesidad,
enviar algunos guantes envenenados a sus enemigos. Aparte de
uno que otro complot maquiavélico, las esencias sirvieron
a la buena causa de luchar contras las infecciones. Un medicamento
favorito, "el vinagre cuatro ladrones", (una mezcla
de ajenjo, romero, salvia, hierbabuena, lavanda, canela, clavo
de olor, nuez moscada, ajo y alcanfor, macerada en vinagre rojo),
se friccionaba por todo el cuerpo para mantener a raya la enfermedad.
Los conquistadores europeos descubrieron nuevas plantas medicinales
durante la etapa de exploración. Los españoles
quedaron boquiabiertos ante los jardines botánicos de
Moctezuma, los cuales proveían a los médicos aztecas
de materia prima para sus fórmulas medicinales.
En Norteamérica, los colonos blancos adoptaron muchas
de las curas herbarias de los nativos. Los indios iroqueses,
por ejemplo, bebían infusiones de picea, muy rica en vitamina
C, para prevenir el escorbuto. Otras tribus usaban la dirca palustris
y la zarzaparrilla como medicinas; en 1708 aún se utilizaban
estas sustancias para aliviar el dolor de las úlceras,
las hemorroides y el cáncer.
Durante los siglos XVII y XVIII la media de muertes infantiles
durante el parto era menor entre las mujeres indias que entre
las europeas. Las indias bebían té de "cohosh" azul.
Se ha descubierto que éste contiene caulosaponina, la
cual provoca fuertes contracciones uterinas, asegurando así un
parto fácil. También usaban plantas como el jengibre
silvestre, poderoso antibiótico, para protegerse durante
el parto.
A mediados del siglo XIX comenzaron investigaciones científicas
en Europa y Gran Bretaña para determinar el efecto de
los aceites esenciales sobre las bacterias en los seres humanos.
Investigadores franceses, por ejemplo, comprobaron que la esencia
de clavo ataca al bacilo de la tuberculosis, y que la esencia
de tomillo en una solución al cinco por ciento puede vencer
al tifus y otras bacterias en menos de diez minutos. Hoy en día
muchas casas de cosméticos usan el timol, agente antibacteriano
inofensivo a los tejidos.
Durante miles de años las plantas, en forma de aceites
esenciales, ungüentos, inciensos e infusiones, sirvieron
no sólo para proporcionar placer y bienestar sino también
para combatir la enfermedad. Cuando apareció la medicina
moderna, sin embargo, la gente empezó a confiar en la
rápida acción de los antibióticos y otros
productos farmacéuticos. Aún cuando las "drogas
milagrosas" han traído enormes beneficios, su uso
condujo al alejamiento del mundo de las plantas y a la pérdida
del beneficioso contacto con los sanadores, sin mencionar el
placer de tocarse y sanarse mutuamente.
Las sustancias sintéticas, que a menudo conllevan efectos
secundarios alergénicos, reemplazaron a las naturales
no sólo en los medicamentos sino también en los
perfumes.
Afortunadamente, algunos astutos investigadores franceses impidieron
que la antigua tradición de la cura aromática se
desvaneciera en el olvido. Un ejemplo de esto es que a principios
del siglo XX, año 1.937, un químico francés,
René Gattefossé, introduce el término “aromatherapie”,
de una manera un tanto “accidental”, ya que observó los
poderes antisépticos y cicatrizantes del lavanda, a raíz
de aplicárselo el mismo tras sufrir una quemadura en su
mano.
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Aromaterapia. La Aromaterapia y su historia (I)
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